Crónica Ciudadana, escrito por Juan Schilling
jueves, 04 de marzo de 2010
Juan Schilling, periodista, escribió un testimonio de su regreso a Concepción casi tres días después del devastador terremoto que vivimos la madrugada del 27 de febrero. En su relato, describe lo que junto a su familia fue encontrando a medida que se adentraba en la ciudad y llegaba a su destino. Aquí reproducimos la Primera Parte de esas vivencias...
Parte I
Por fin la bajada de la autopista del Itata anunciaba la cercanía de Concepción. Por fin Concepción después de un viaje de 550 kilómetros que se prolongó por 3 días. Era una alegría inmensa percibir que estábamos llegando. El terremoto había sido el sábado 27 de febrero a las 3 y media de la madrugada y ya era el lunes 1 de marzo.
Habíamos cargado bencina en Parral por lo que teníamos más de medio estanque, sin embargo al ver la bomba Terpel que hay al final de la autopista entramos y vimos que el pequeño negocio de carretera había sido saqueado y había basura por todos lados. Las ventanas zafadas colgaban como muertas. Los vidrios quebrados anunciaban nuestro arribo a territorio comanche. Los vehículos cargaban combustible bombeándolo manualmente, nos fuimos de ahí lo más rápido posible. Había riesgo de ser asaltados y de que se incendiara la gasolinera por la forma en que manipulaban todo.
Un poco más allá, en el camino entre Penco y Concepción vimos otro desorden: la gente corría cruzando la carretera con cajas que les entregaban en Agrosuper, una distribuidora de pollos. Estaban entregando pollos que no estaban refrigerados desde el terremoto y había mal olor en el ambiente, al menos no era saqueo, incluso había un par de militares.
Por fin, entramos a Concepción por la gran arteria de Los Carrera, el desorden se multiplicaba, el pillaje estaba desatado, había gente en grandes vehículos robando de igual con los pobres, solo unos detectives de la PDI intentaban impedirlo, pero no se atrevían. El centro mostraba muchas casas y edificios derrumbados, pavimentos partidos, postes inclinados o caídos. Mi esposa se presentó a su trabajo en la Municipalidad de Concepción, pero el edificio de O´Higgins estaba dañado y con los vidrios rotos, no podía ser ocupado, por lo que los funcionarios se habían trasladado a otras dependencias.
Fuimos a la oficina del Centro de Comunicación Ciudadana de SEDEC y estaba milagrosamente en pie, aunque adentro todo estaba en el suelo y hasta había aparecido una ventana nueva en forma espontánea y sorprendente.
Para terminar de asombrarnos, pasamos a ver a unos familiares que tenían almuerzo preparado y mientras comíamos nos interrumpió un ruido de autos y la potente voz de una mujer que gritaba: “viene una turba” y repetía su frase hasta el infinito. Los vecinos estaban organizados y partió un vehículo a confirmar la información. Un niño de ocho años me preguntaba: “qué es una turba” y yo no atinaba a darle una respuesta que fuera cierta y no lo asustara. La alarma resultó ser falsa.
Finalmente, llegamos a casa y encontramos que nuestra población estaba en pie, pero habían caído muchas panderetas de las que separan las propiedades, también había pavimentos levantados y grietas, pero lo que más nos extrañó fue que los vecinos usaban un brazalete blanco (de bolsa plástica) en el brazo izquierdo. Después supimos que había guardias nocturnas armadas, para impedir que llegaran los saqueadores. Hacían fogatas y barricadas que impedían el paso de cualquier vehículo en la noche. Mientras nos enterábamos de esto, pasó alguien gritando que venían a atacarnos: “2 micros de flaites de la población Teniente Merino”, hubo unos tiros al aire, pero también fue falsa alarma. Así nos recibió Concepción, incluyendo unas cuantas réplicas, para tensar un poco más los nervios. Además no había energía eléctrica, ni teléfono, ni gas ni agua y los celulares funcionaban solo si hacías una manda a San Expedito. El toque de queda empezó a las 19 horas. A pesar de todo, la noche fue tranquila, nos convidaron pan y agua y no ocurrió nada.
Hablamos con muchos familiares, vecinos y amigos que contaban su terremoto personal, pero curiosamente al sismo del sábado 27 a las 3 y media le llamaban “el temblor” , claro que por la entonación y el contexto uno sabe que se refieren al terremoto. Además, mientras están relatando su odisea pierden el hilo y tienen que preguntar “¿qué te estaba contando?”, lo que confirma el hecho de que casi no han dormido. El agotamiento se ve también en sus rostros.
El martes el toque de queda se levantó a las 12:00 horas y pudimos salir, fui a la oficina y encontré que había agua de la llave que había que hervir al igual que la de la vertiente de la población, todo un privilegio que nos durará mientras nos alcance la bencina que tenemos en el estanque del auto. Espero que la población de ahora en adelante cambie su valoración de la vertiente, se haga ahí una pileta y se la incorpore como un elemento paisajístico y una reserva para cualquier emergencia.
Ese mismo día en la tarde repusieron la luz en mi barrio y esa noche descubrimos que teníamos Internet. En mi casilla había un millón de correos.
En el refrigerador había carne y un salmón que sirvieron de comida para la guardia, antes de terminar descompuestos…
Mario Garcés D., Historiador /Director de ECO, Educación y Comunicaciones
La naturaleza nos ha golpeado, no hay dudas, hemos vivido el mayor
terremoto de los últimos 50 años. Todos los chilenos tenemos en
nuestras vidas, la experiencia de a lo menos un terremoto, los más
viejos, más de uno. Todos sabemos, además, lo que hay que hacer cuando
el piso se mueve: protegerse bajo los dinteles de las puertas, mantener
la calma, proteger a los niños y los ancianos.
Si bien todo esto forma parte de nuestros aprendizajes básicos, siempre
un terremoto es una experiencia excepcional: el movimiento, el ruido,
los objetos que caen, las murallas y techumbres que a veces ceden, el
colapso de los servicios básicos, sobre todo, agua y luz, todo ello
configura un cuadro extraordinario, más agudo en unos casos, por
ejemplo, para los que viven en alturas o viviendas antiguas, menos en
otros, para los que habitan viviendas bien construidas, de uno o dos
pisos.
En esta ocasión, todos los aspectos extraordinarios fueron vivenciados
por la población con especial agudeza. Un movimiento sobre los 8 grados
en la escala de Richter es agudo, y en algunos sentidos, apocalíptico.
Y en el caso de la zona costera del Maule al Bio Bio, la catástrofe fue
sin dudas, la mayor, al punto que aún no la podemos dimensionar, ni
sabemos con certeza el número de víctimas. Que al terremoto siga un
maremoto es una experiencia que supera todo lo previsible y en el caso
actual, más allá de los errores de los sistemas estatales para alertar
a la población, que fallaron, solo el ”saber local” de las poblaciones
permitió que el desastre no fuera mayor (se afirmó reiteradamente que
no había peligro de tsunami mientras el mar ya había arrollado a
algunas poblaciones o lo hacía a las pocas horas que la autoridad
desestimaba tal evento. ¿Se pudieron salvar muchas vidas, si la alerta
de tsunami hubiese funcionado bien?).
El balance del terremoto lo hemos podido seguir por las radios y la
televisión y es evidente que se trata de un desastre de proporciones.
Solo el número de víctimas, hasta ahora reconocido, de 799, es
impresionante y doloroso, y todo indica que esta cifra seguirá
creciendo. Pero, también es verdad que la información fue fluyendo
lenta y paulatinamente, porque entre otros de los efectos inmediatos
del sismo, es que colapsaron los sistemas de comunicaciones privados y
públicos. Durante varias horas, Concepción fue un “hoyo negro”: nada
se sabía, solo que las comunicaciones estaban interrumpidas, y del
maremoto, nos tomó horas saber de que éste había acontecido.
Este “impasse comunicacional” pareciera dar cuenta de la transición
entre dos fases de la catástrofe. En efecto, primero fue el impacto
del sismo, con todas sus consecuencias; las primeras víctimas humanas,
edificios dañados estructuralmente, muchas viviendas destruidas, cortes
de rutas, puentes colapsados, el aeropuerto cerrado, etc. Y cuando la
información de los medios pudo mejorar, se pudieron apreciar mejor los
efectos del maremoto con pueblos arrasados, balnearios destruidos,
etc. Sin embargo, pronto la catástrofe dio paso a una segunda fase, la
de la inseguridad, los saqueos, especialmente en Concepción, la
dificultad para abastecerse de alimentos, la lentitud en la
administración de la ayuda a los zonas más afectadas, etc. Es lo que
algunas personas de Concepción y los medios han comenzado a llamar el
“terremoto social”.
Y al parecer, habría que admitir que hasta ahora el terremoto ha
transitado por dos fases: una natural y otra política y social. Estamos
viviendo en medio de ambas, y la segunda llevó a las zonas de
Concepción y el Maule, no sólo a que se declararan zonas en “estado de
catástrofe”, sino que al toque de queda y al traslado de miles de
efectivos militares para que patrullen las calles y administren el
alterado y soliviantado orden social.
Terremoto natural y terremoto político y social
De acuerdo con las últimas informaciones que entrega la TV, a muchos
lugares críticos, la ayuda recién ha comenzado a llegar el día martes 2
de marzo, es decir, al cuarto día del siniestro. En Concepción, que ha
sido la zona más crítica desde el punto de vista social, donde los
saqueos se iniciaron el domingo y se hicieron, al parecer
incontrolables el día lunes, el terremoto no solo hizo colapsar el
sistema de comunicaciones, sino todo el sistema de abastecimiento de
la población, amén que colapsaron los sistemas de agua potable y luz
eléctrica. Es decir, por una parte, con el terremoto se alteraron
condiciones básicas de la vida cotidiana de la población, y por otra,
la ayuda ha demorado hasta tres y cuatro días en organizarse y llegar a
los grupos más afectados.
Entrevista a Gabriel Salazar, Premio Nacional de Historia 2006
Por Rodrigo Alvarado E. / La Nación 03/03/2010
El Premio Nacional de Historia 2006 apunta que los saqueos han sido una constante en Chile no sólo después de terremotos y que ningún gobierno ha logrado aplacar la violencia social. Sin embargo advierte una diferencia: “La de hoy es más masiva, con más virulencia y una actitud mucho más desafiante que antes”.
El caos social en Concepción dio la vuelta al mundo. Durante el lunes el sonido de las sirenas de ambulancias y Bomberos se mezcló con el ruido de 25 tanques y con tiros que militares lanzaban al aire: en un día hubo cinco incendios intencionales, según Carabineros, para distraer a las fuerzas del orden y así saquear tiendas y edificios aledaños.
Los saqueos se habían extendido por todo el Biobío y en menor medida en el Maule, incluyendo casas particulares, consultorios y automovilistas asaltados en las carreteras. El gobierno ya ha enviado 14 mil militares y amplió el toque de queda en Concepción a 16 horas. Un panorama que, en cualquier caso, ha sido habitual en la historia de Chile. Según el historiador Gabriel Salazar, “los saqueos ocurren no sólo después de los terremotos, sino que han sido una constante desde el siglo XIX también en desordenes políticos, guerras civiles, e incluso movimientos huelguísticos. En la misma revolución pingüina apareció el vandalismo, que está muy latente. Se trata de una violencia social que ningún régimen ha logrado aplacar, ni Pinochet durante las protestas. Pero hay que explicarlo con cuestiones más de fondo”.
-¿Nota alguna diferencia en el grado de violencia?
-Sí. Es la más masiva, con más virulencia y una actitud más desafiante que antes. Como no hay canales políticos para ese descontento social, se manifiesta contra la propiedad y ahora sin respeto por las personas, como el asalto a un bus con gente que viajaba a ver a sus familiares. Ese tipo de frustración larvada que produce el modelo, hay que analizarlo más profundamente.
-Ayer en La Tercera apareció una apología al Vicealmirante Luis Gómez Carreño, quien tras el terremoto de 1906 en Valparaíso ordenó fusilamientos públicos de saqueadores para restablecer el orden.
-Es la vieja práctica del Ejército chileno que, recordemos, se formó matando mapuches y después rotos y peones. La gran solución siempre ha sido tirar a matar y el problema continúa: cuento 23 masacres y todas contra la clase popular. Si uno ve la televisión, se encuentra con casas de adobe y de tablas en el suelo, porque es la población popular la que ha sido castigada. Aunque junto al terremoto social, ahora hay uno empresarial, con la destrucción de edificios, el aeropuerto y carreteras, y que demuestra cómo las empresas construyen las cosas a medias.
-Cómo proyecta esta crisis social. ¿Cree que la sangre llegue al río?
-Es posible en ciertos casos, porque los delincuentes de las poblaciones están armados. Pero sería puntual, porque no es lo mismo enfrentar a cinco carabineros que a tres mil hombres con tanquetas. De todas formas no es posible apagar el caos social de inmediato. Va a llegar la ayuda por donaciones durante dos semanas, pero falta mucho tiempo para que se reorganice el mercado y la población vuelva a la normalidad. El descontento va a seguir siendo grande y la única vía será robar. Y si eso continúa, Piñera tendrá que recurrir al Ejército y comenzar su gobierno con estado de sitio, como comenzó Pinochet.
Desde las primeras noticias e impresiones del terremoto difundidas por los medios, se han repetido las comparaciones con el terremoto de Haití. El poco tiempo transcurrido desde entonces y la participación de chilenos y chilenas en esa tragedia, hace que tal comparación parezca inevitable.
Pero el sentido de la comparación ha ido variando con el pasar de los días. En un comienzo se relevaba la mayor intensidad del terremoto chileno que, sin embargo, había tenido efectos mucho menos graves en términos de víctimas fatales y de daño a edificaciones e infraestructura. Así se ponía de manifiesto nuestro orgullo de ser un país mucho mejor preparado para resistir terremotos de gran intensidad y para reaccionar oportunamente ante la emergencia. A cuatros días del terremoto, un militar invertía el sentido de la comparación, al señalar que la situación de caos que le tocaba enfrentar en Talcahuano era mucho peor a lo que había vivido al participar en las acciones de emergencia en Haití.
Si bien la primera reacción se explica en parte por la comprensible ignorancia respecto a la dimensión real de la catástrofe, puede verse también como una ingenua expresión de la auto-imagen de país a la que nos hemos acostumbrado: un país moderno, triunfador, eficiente, responsable, que hace rato ha venido dejando atrás a sus vecinos. Lo que nos ha venido ocurriendo después, al observar con la boca abierta las imágenes de los saqueos, de los efectos del no-tsunami, de la interminable espera de la reposición de los servicios básicos en las zonas más críticas, se parece a las emociones que siente una persona orgullosa de su buena salud, al leer el informe de un scanner que devela la presencia de una enfermedad catastrófica. Siempre cuesta asimilar que una apariencia saludable puede ocultar graves patologías.
Las autoridades y diversos líderes de opinión han repetido hasta el cansancio que no es tiempo oportuno para evaluaciones, sino para que todos los sectores nos unamos en el esfuerzo necesario para levantar el país. Estamos muy de acuerdo, si lo que se quiere decir es que no es hora de determinar responsabilidades políticas, profesionales y de otras índoles. Ciertamente eso tendrá que venir más adelante. Pero no estamos de acuerdo, si lo que se quiere decir es que debemos postergar la lectura del scanner. Si nos abocamos a la reconstrucción sin evaluar en profundidad lo que se ha dado en llamar el “terremoto social”, lo que haremos será como construir sobre la arena, recurriendo a la conocida parábola de Jesús.
Atreviéndonos a una primera lectura, lo que nos muestran las consecuencias sociales inmediatas del terremoto, es que la cohesión social en una sociedad sin redes sociales sólidas, sin una cultura basada en el valor de toda vida humana y en la conciencia de nuestra interdependencia, es extremadamente frágil y no tiene viabilidad en el tiempo. Son precisamente estos valores los que han tendido a desaparecer como resultado de décadas con un énfasis unilateral en los valores del individualismo, del consumismo y de la competencia. Estamos siendo testigos del resultado final de la instalada reducción del ciudadano al consumidor individual. Si queremos construir sobre la roca, como aconseja Jesús, la reconstrucción de las redes sociales debe ser un eje central de la reconstrucción del país. Esto no será posible, si los programas de emergencia y reconstrucción consideran a sus destinatarios meramente como damnificados y beneficiarios pasivos e individuales.
Tal vez el papel principal de las organizaciones de la sociedad civil (organizaciones sociales, sindicales, no gubernamentales, iglesias, instituciones privadas de interés público y, por qué no, de los alicaídos partidos políticos) frente al desafío de la reconstrucción, sea contribuir a la reconstrucción y fortalecimiento de las redes sociales, de tal manera que el sujeto principal de los programas de reconstrucción sea una ciudadanía participativa. Pero como contraparte, será necesaria una autoridad pública dispuesta a valorar tal participación, reconociendo que sin ella no habrá cohesión social sostenible en el tiempo.
'Observatorio de la Gestión Pública' es presentado a dirigentes sociales
Tomando en cuenta los aportes realizados anteriormente por representantes de cada comunidad, SEPADE les presentó el diseño del ‘Observatorio de la Gestión Pública’ para su aprobación.
Será el primero en la comuna de Santa Bárbara
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El municipio local, corporación SEPADE y la Mesa Comunal de Productores Ovinos firmaron un convenio de cooperación técnico productiva, que pretende potenciar y consolidar el rubro ovino en ese territorio
Entre el 8 y el 10 de mayo se realizó en la ciudad de Valparaíso, un encuentro de comunicadores y comunicadoras populares, medios de prensa escrita y digital, radio y televisión, con el propósito de avanzar en la constitución de un proceso articulatorio de estas prácticas.
La iniciativa se suma a una serie de diálogos que se han venido dando desde octubre de 2007, instancias que han permitido superar distancias y afirmar los desafíos comunes.
Luego de tres días de talleres y debates, se consolidó la necesidad de generar una orgánica que movilice las demandas de los medios y las comunidades en que estos se encuentran inscritos.
En términos concretos se estructuraron mesas de trabajo en tres frentes, radio, televisión y prensa escrita, además de establecer coordinaciones que operaran sobre los ejes técnico, político y de contenidos.
El encuentro cerró con una invitación a abrir un nuevo panorama para el tercer sector de las comunicaciones, al tiempo que se puso de manifiesto la necesidad de superar afanes hegemónicos, reemplazándolos por un dialogo abierto con otras redes o agrupaciones que están, así mismo, ejercitando la libertad de expresión y construyendo un modelo de comunicación con base en el mundo social.
En la coordinación del encuentro participó el equipo de Comunicación Social de Base de ECO, acción que se enmarca en las iniciativas que esta Organización desarrolla en el ámbito de la promoción y fortalecimiento de la comunicación popular.