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Sabado 4 de September, 2010

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TERREMOTO DEL BICENTENARIO: UN CRUDO SCANNER AL PAÍS PDF Imprimir E-Mail
Por Juan Sepúlveda G.
Director de Planificación Institucional
SEPADE

Desde las primeras noticias e impresiones del terremoto difundidas por los medios, se han repetido las comparaciones con el terremoto de Haití. El poco tiempo transcurrido desde entonces y la participación de chilenos y chilenas en esa tragedia, hace que tal comparación parezca inevitable.

Pero el sentido de la comparación ha ido variando con el pasar de los días. En un comienzo se relevaba la mayor intensidad del terremoto chileno que, sin embargo, había tenido efectos mucho menos graves en términos de víctimas fatales y de daño a edificaciones e infraestructura. Así se ponía de manifiesto nuestro orgullo de ser un país mucho mejor preparado para resistir terremotos de gran intensidad y para reaccionar oportunamente ante la emergencia. A cuatros días del terremoto, un militar invertía el sentido de la comparación, al señalar que la situación de caos que le tocaba enfrentar en Talcahuano era mucho peor a lo que había vivido al participar en las acciones de emergencia en Haití.

Si bien la primera reacción se explica en parte por la comprensible ignorancia respecto a la dimensión real de la catástrofe, puede verse también como una ingenua expresión de la auto-imagen de país a la que nos hemos acostumbrado: un país moderno, triunfador, eficiente, responsable, que hace rato ha venido dejando atrás a sus vecinos. Lo que nos ha venido ocurriendo después, al observar con la boca abierta las imágenes de los saqueos, de los efectos del no-tsunami, de la interminable espera de la reposición de los servicios básicos en las zonas más críticas, se parece a las emociones que siente una persona orgullosa de su buena salud, al leer el informe de un scanner que devela la presencia de una enfermedad catastrófica. Siempre cuesta asimilar que una apariencia saludable puede ocultar graves patologías.

Las autoridades y diversos líderes de opinión han repetido hasta el cansancio que no es tiempo oportuno para evaluaciones, sino para que todos los sectores nos unamos en el esfuerzo necesario para levantar el país. Estamos muy de acuerdo, si lo que se quiere decir es que no es hora de determinar responsabilidades políticas, profesionales y de otras índoles. Ciertamente eso tendrá que venir más adelante. Pero no estamos de acuerdo, si lo que se quiere decir es que debemos postergar la lectura del scanner. Si nos abocamos a la reconstrucción sin evaluar en profundidad lo que se ha dado en llamar el “terremoto social”, lo que haremos será como construir sobre la arena, recurriendo a la conocida parábola de Jesús.

Atreviéndonos a una primera lectura, lo que nos muestran las consecuencias sociales inmediatas del terremoto, es que la cohesión social en una sociedad sin redes sociales sólidas, sin una cultura basada en el valor de toda vida humana y en la conciencia de nuestra interdependencia, es extremadamente frágil y no tiene viabilidad en el tiempo. Son precisamente estos valores los que han tendido a desaparecer como resultado de décadas con un énfasis unilateral en los valores del individualismo, del consumismo y de la competencia. Estamos siendo testigos del resultado final de la instalada reducción del ciudadano al consumidor individual. Si queremos construir sobre la roca, como aconseja Jesús, la reconstrucción de las redes sociales debe ser un eje central de la reconstrucción del país. Esto no será posible, si los programas de emergencia y reconstrucción consideran a sus destinatarios meramente como damnificados y beneficiarios pasivos e individuales.

Tal vez el papel principal de las organizaciones de la sociedad civil (organizaciones sociales, sindicales, no gubernamentales, iglesias, instituciones privadas de interés público y, por qué no, de los alicaídos partidos políticos) frente al desafío de la reconstrucción, sea contribuir a la reconstrucción y fortalecimiento de las redes sociales, de tal manera que el sujeto principal de los programas de reconstrucción sea una ciudadanía participativa. Pero como contraparte, será necesaria una autoridad pública dispuesta a valorar tal participación, reconociendo que sin ella no habrá cohesión social sostenible en el tiempo.

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